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«Mogambo Bar BQ»: Crónica de un Trujillo que se niega a desaparecer

ESCRIBE: Renato Rodríguez (*)

«Quién va a venir a vivir tan lejos…», comentaba la gente al pasar por la mitad de la vía de cuatro kilómetros que une a Trujillo con el balneario de Buenos Aires. Observaban con escepticismo una pista asfáltica nueva dentro de los campos sembrados de hortalizas. Se dirigia hacia el sur, poco antes de llegar al caminito de tierra que conducia al antiguo caserio de Huamán. Al fondo, más o menos a quinientos metros, veía un conjunto de pequeñas casitas de una sola planta. «Es una urbanización» decian, sin comprender a quién se le podia haber ocurrido construirla en un lugar tan apartado de la ciudad.

A las casitas de un piso llegaron a vivir los gringos ingleses de la empresa «Wimpey» que, en los últimos años de la década de los cincuenta, realizaba las obras portuarias en Salaverry. Obras que, por cierto, quedaron inconclusas, pues, si bien se construyó el»rompeolas» devastando la parte del cerro «Carretas» que llegaba hasta el mar, para obtener las piedras, no se construyó la serie de «molones» ubicados más al norte, que hubieran evitado dirigir las olas hacia las casas de «El mar de Galilea» y «Las Delicias», destruyéndolas. Junto a las casitas de la Wimpey se construyeron las de los trabajadores del Banco de la Nación -entonces Caja de Depósitos y Consignaciones.

Luego vendrían «el barrio magisterial», «el barrio del abogado» y muchas casas residenciales. Así nació la urbanización California, la primera en Trujillo y por iniciativa del doctor Guillermo Ganoza Vargas. Para facilitar las cosas, él promovió la creación de la «Mutual Panamericana» que otorgó préstamos hipotecarios para adquirir terrenos y construir sus viviendas, a muchos de los que se animaron a «ir a vivir tan lejos».

A inicio de los años sesenta, en esta urbanización se inauguró el «Bar BQ Mogambo», de la familia Benavides, cuyo descendiente, el empresario Marco Antonio Benavides Bargalló, aún nos puede contar las historias de sus antepasados,quienes introdujeron muchas novedades: original decoración exterior con rústicas con cañas de bambū y amplios ventanales, atención a los vehículos a cargo de señoritas, pero, sobre todo, pollos a la brasa, por primera vez en Trujillo.

El negocio fue un éxito. Había que formar cola para poder estacionar el automóvil frente al local. Por dentro, el «salón de grill» -llamado después «007» siempre estaba colmado de parejas; al igual que los otros ambientes, llenos de comensales o bebedores de cerveza, todos quienes, de rato en rato, colocaban unas cuantas monedas de un sol en la rocola, para disfrutar de su música favorita.

Esta crónica es parte de un Trujillo que persiste en la memoria y que se niega a desaparecer…

(*) Renato Rodríguez García es periodista y escritor. Ha publicado los poemarios «Bizarro» (2015) «Escalpelo» (2023), el libro de crónicas «Trujillo, mon amour» (2023) y la novela «El perseguidor de lo invisible» (2024)

Nota del editor.- Fuente: «Trujillo de mis amores». María Tizerant Ruiz

Cronista

Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad de Piura (UDEP), periodista profesional y editor cultural.

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