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San Fermín: el corazón del toro y la memoria de los pueblos / Por Marco Antonio Benavides Bargalló

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ESCRIBE: Marco Antonio Benavides Bargalló, desde Pamplona (*)

Marco Antonio Benavides Bargalló, su esposa Geraldine Salmón e hija en la Fiesta de San Fermín en Pamplona (España) / Foto: Archivo de la Familia Benavides Salmón.

Por gentil invitación de unos amigos, hemos asistido con mi esposa Geraldine Salmón a la tradicional Fiesta de San Fermín en Pamplona (España). Confieso que llegué con la curiosidad del viajero y con las imágenes que durante tantos años había visto en periódicos, documentales y películas. Sin embargo, ninguna fotografía alcanza a transmitir la emoción que se experimenta cuando la ciudad despierta vestida de blanco y rojo, cuando miles de personas ocupan sus calles con un entusiasmo contagioso y cuando la historia parece caminar al lado de quienes participan en una celebración que ha logrado sobrevivir al paso de los siglos.

Pamplona no vive únicamente una fiesta patronal. Durante unos días, la ciudad se convierte en un inmenso escenario donde conviven la fe, la tradición, la música, el encuentro familiar, el turismo y una de las expresiones culturales más conocidas de España. Quien observa con serenidad descubre que detrás de la alegría existe un profundo sentido de pertenencia. Los pamploneses no representan una tradición: la viven.

Marco Antonio Benavides Bargalló, Geraldine Salmón y familia. Foto: Archivo de la familia Benavides Salmón.

Aunque la festividad lleva el nombre de San Fermín, primer obispo de Pamplona y mártir cristiano, resulta inevitable advertir que el verdadero protagonista simbólico de la celebración es el toro. No la corrida propiamente dicha, sino el animal mismo, cuya presencia domina el imaginario colectivo desde el momento en que se anuncia el encierro. La célebre suelta de los toros por las estrechas calles de la ciudad constituye un rito de enorme intensidad, donde el valor, el respeto y el riesgo se entrelazan en apenas unos minutos que parecen condensar siglos de memoria.

La figura del toro acompaña a la humanidad desde tiempos remotos. Mucho antes de convertirse en emblema de las fiestas ibéricas, ocupó un lugar central en las antiguas civilizaciones del Mediterráneo. Basta recordar la cultura minoica de Creta, donde el toro era considerado un animal sagrado y aparecía asociado al poder, la fertilidad y el misterio. La mitología griega nos habla del rey Minos y del célebre laberinto que albergaba al Minotauro, esa criatura mitad hombre y mitad toro que ha inspirado innumerables interpretaciones sobre los temores y desafíos de la condición humana. También sobreviven los testimonios arqueológicos de los juegos acrobáticos practicados sobre toros, conocidos como taurocatapsia, en los que el animal era admirado antes que reducido. Con el transcurso de los siglos, aquellas antiguas expresiones fueron transformándose, adaptándose a nuevas creencias y nuevas formas sociales, hasta integrarse en diversas celebraciones populares de la península ibérica.

Foto: spainvoyages.com / Por Eduardo Sanz Nieto en Flickr.

San Fermín recoge parte de esa herencia simbólica. Aunque la fiesta cristiana honra al santo patrono, el toro continúa siendo el eje alrededor del cual gira la emoción colectiva. Su presencia no responde únicamente al espectáculo, sino a una memoria cultural que atraviesa generaciones y que explica, en buena medida, por qué millones de personas siguen viajando cada año hasta Pamplona para contemplar un acontecimiento que desafía cualquier explicación simplista.

Resulta imposible recorrer estas calles sin evocar a Ernest Hemingway. El escritor estadounidense encontró aquí una fuente permanente de inspiración y convirtió a Pamplona en escenario universal gracias a su novela Fiesta (The Sun Also Rises), publicada en 1926. Desde entonces, miles de lectores han llegado buscando la ciudad descrita por el Nobel de Literatura. Un siglo después, la esencia permanece. Los balcones repletos, las bandas musicales, las peñas, las conversaciones interminables en cafés y plazas, y sobre todo el encierro, continúan ofreciendo esa combinación de emoción, belleza y vértigo que tanto fascinó al novelista.

Observar la suelta de los toros permite comprender que no se trata simplemente de una carrera. Existe una preparación silenciosa, un respeto mutuo entre corredores y una conciencia permanente del peligro. Todo ocurre con una rapidez sorprendente, pero deja la impresión de haber presenciado un antiguo ritual que sigue convocando a miles de personas en torno a un símbolo compartido.

El autor de la crónica, Marco Antonio Benavides Bargalló, junto a la imagen de San Fermín. / Foto: Archivo de la familia Benavides Salmón.

Mientras caminábamos por las calles de Pamplona, inevitablemente acudieron a mi memoria recuerdos de la costa norte del Perú. Pensé en la tradicional Fiesta de San José, celebrada en el balneario de Las Delicias, muy cerca de Trujillo, la ciudad donde nací. Sería exagerado establecer equivalencias entre ambas celebraciones, pues pertenecen a contextos históricos y culturales profundamente distintos. Sin embargo, existe un hilo invisible que las aproxima: la capacidad que tienen las fiestas populares para fortalecer la identidad de una comunidad. En ambos casos, la gente abandona por unos días la rutina cotidiana para reencontrarse con sus raíces, compartir la mesa familiar, recibir a quienes llegan desde otros lugares y renovar un sentimiento de pertenencia que difícilmente puede explicarse con estadísticas o estudios académicos.

Quizá ese sea el mayor aprendizaje que deja San Fermín. Más allá de las opiniones que puedan suscitar algunas de sus manifestaciones, la fiesta revela la extraordinaria capacidad de los pueblos para conservar sus tradiciones sin renunciar a dialogar con el mundo. Aquí conviven habitantes locales y visitantes procedentes de todos los continentes. Se escuchan decenas de idiomas, pero basta una sonrisa o un aplauso para descubrir que la emoción posee un lenguaje universal.

Al caer la tarde, mientras las calles recuperaban lentamente la calma y las familias continuaban compartiendo la alegría de la jornada, comprendí que los viajes más valiosos no son aquellos que acumulan fotografías, sino los que enriquecen la memoria. Regresamos con mi amada Geraldine llevando mucho más que el recuerdo de una fiesta célebre. Nos acompañaba la certeza de haber participado, aunque fuese por unos días, de una tradición que pertenece a Pamplona, pero que al mismo tiempo habla de todos los pueblos que encuentran en sus celebraciones una manera de preservar su historia, fortalecer los vínculos familiares y abrir sus puertas al mundo con hospitalidad y esperanza.


Nota editorial: Esta crónica fue elaborada con asistencia de ChatGPT (OpenAI), bajo dirección, documentación, revisión y edición final del autor, Marco Antonio Benavides Bargalló, como parte de una política de uso responsable y transparente de herramientas de inteligencia artificial en el ejercicio periodístico y de opinión. en Río Hablador.

(*) Marco Antonio Benavides Bargalló es un empresario peruano nacido en la ciudad de Trujillo (Perú) en 1970. Es egresado de la promoción XXVII «Hno. Juan Diego Piriz Macías CMF» del Colegio Claretiano en Trujillo, año 1986. Estudió Administración de Empresas en la Universidad Catolica de La Plata (Argentina) y en la Universidad Privada del Norte (UPN). Fue Gerente de la empresa Matconsa, líder en la fabricación de ladrillos de arcilla, y trabajó en la distribución de alcohol de las destilerías de Laredo y Paramonga. En 1998 promovió y fundó el Mercado Villarreal en Trujillo que significó una oportunidad de emprendimiento para muchas familias trujillanas. Más información, ver aquí.

Cronica Digital

Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad de Piura (UDEP), periodista profesional y editor cultural.

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